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Cada maestrillo tiene su librillo y cada traductor su diccionario secreto, donde va atesorando las relaciones de afecto que le unen a su lengua materna, las que vinculan el sentido al sonido y la visión de las palabras. Hay un adjetivo castellano, anticuado según el DRAE, que me gusta utilizar en los textos magrebíes de expresión francesa, si el contexto lo permite, para traducir étranger: albarráneo (de albarrán) adj. ant. Forastero o extranjero. La Enciclopedia del idioma de Martín Alonso define así albarrán: albarrán (hispano-ár. barrani, forastero, de barr, campo) adj. El que carecía de casa, domicilio o vecindad. 2. Decíase del mozo soltero dedicado a la labranza. A veces introduzco en mi texto traducido palabras arcaicas que desestabilizan el original francés. Se mueven más cosas que las que inicialmente pretendía mover el autor. Esta desmesura se justifica porque creo que los arabismos castellanos logran un efecto estético de legitimidad de la voz árabe del narrador en el texto traducido. En febrero pasado ocurrieron los tristes sucesos de violencia contra los inmigrantes magrebíes que trabajan en los invernaderos de El Ejido, Almería. Aquellas dolorosas imágenes, transmitidas por los medios de comunicación, de mozos solteros dedicados a la labranza que carecían de casa, domicilio o vecindad, huyendo de la persecución xenófoba, revitalizaron en mi diccionario secreto el término anticuado albarráneo. Y recordé la bellísima metáfora de Salman Rushdie para describir a los inmigrantes, esos hombres y mujeres traducidos a través del mundo. LA PALABRA TRASTERRADA Juan Gelman, poeta argentino, forzado al exilio durante la dictadura militar de los setenta y parte de los ochenta, ejerció un tiempo de traductor, oficio de desterrados. Escribió uno de los más bellos pensamientos sobre la traducción en un exergo a Com/posiciones (Barcelona, Edicions del Mall, 1986), un diván de poemas donde la cálida voz del cono sur resucita —transformándola y cohabitando con ella— la ancestral poesía de los místicos judíos y musulmanes. Dice Gelman que traducir es inhumano y que ninguna lengua o rostro se deja traducir, que hay que dejar esa belleza intacta y poner otra para acompañarla; su perdida unidad está adelante. En este otoño de violencia, mientras traslado a mi lengua materna un texto ajeno a ésta, moviéndome por sus líneas con libertad controlada, intentando encarnar en ámbito extraño la voz errante del autor, acuden a mi página las palabras del poeta y las asocio al dolor que sigue desgarrando Palestina e Israel, sangrantes metáforas del exilio, de la persecución, de la palabra errante, trasterrada, de los textos/territorios traducidos/ocupados. MUCHOS AÑOS DESPUÉS, FRENTE AL PELOTÓN DE FUSILAMIENTO —Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo... ¿Por qué tendré siempre esa desmesurada ambición de que las novelas que traduzco tengan un inicio que consiga del lector que no pueda desprenderse del libro? Intento sorprenderlo e inmovilizarlo, aunque, por supuesto, raras veces lo consigo: que se enamore de las primeras palabras, como hizo García Márquez conmigo hace ya muchos años. ¿Cien? —Pero, ¿y si ése no es el designio del autor? —No importa. —¿Y te pasas por alto, así, de un plumazo, lo de la fidelidad, lo de evitar la manipulación*, ese respeto literal que reclama Milan Kundera para el autor a sus traductores? —Sí, sí, sin ninguna duda. Estoy convencida de que el original es también una traducción de otros textos y éstos de otros... —¿Jacques Derrida? —Sí, pero sobre todo Borges. Ya sabes, siempre aparece Borges cuando se habla de los hombres, de la literatura, de la traducción, de la eternidad, los espejos... Lo que sobrevive es la obra, no el autor. —¿No crees que es un poquito omnipotente de tu parte pensar que tú puedes mejorar el texto del autor? —No se trata de mejorar, sino de cómo suena en mi lengua materna. Y esa música es lo más importante, ese ritmo, las imágenes que van surgiendo desde los sonidos de mi idioma sugieren otras, mueven otras cosas —es inevitable—, y ahí esta nuestra libertad y la diferencia con la traducción de una partida de nacimiento. Pero, en fin, podríamos hablar toda la noche de esto. Seguiremos mañana, Shahrayar, está amaneciendo. (*) Véase esta interesante obra que recoge, con concisión e inteligencia, los problemas eternos de la traducción: M.ª Carmen África Vidal, Traducción, manipulación, desconstrucción, Salamanca, Colegio de España, 1995, 135 pp. DIOS, ALÁ, ALLAH Y AL-LAH Una de las decisiones más discutidas entre los traductores del árabe al castellano es cómo traducir el nombre de Al-lah: ¿directamente por Dios o por el término acuñado en castellano, Alá; transcribirlo por Allah (con signo diacrítico sobre la a) o por Al-lah, con separación de las eles mediante un guión (1). La elección del término «Dios» podría justificarse de dos modos. Supone optar por un sentido ecuménico, pues Dios sería el mismo para todas las religiones; o es un intento de domesticación y familiarización, al trasladar el término hacia la cultura propia. La opción de la transliteración (Allah, Al-lah) podría interpretarse igualmente de dos modos abiertamente confrontados: de inmenso respeto del traductor hacia la cultura islámica o como búsqueda de una connotación exótica. Traducir por Alá se situaría dentro de un mecanismo bastante habitual consistente en recurrir al arabismo acuñado en los diccionarios de la lengua castellana: «nombre que dan a Dios los mahometanos y los cristianos orientales». En mi caso, cuando me enfrento a los textos de literatura magrebí en francés, donde el autor tiene dos opciones, Dieu o Allah, seguiré la línea trazada por el autor y traduciré la palabra por Dios o utilizaré la transcripción Al-lah (respetando la sonoridad en castellano), pero conscientemente rechazaré el arabismo Alá que el diccionario me sirve en bandeja. ¿Por qué? Pues sencillamente porque, para mí, que he vivido siempre en la conflictiva frontera entre el cristianismo y el islam, el término Alá adquiere, a través de esa arbitrariedad que nos lleva a amar o a odiar ciertas palabras, una connotación profundamente peyorativa, que siento muy alejada de la deseada en el texto original. Lo imagino pronunciado con violencia por los cruzados de los libros de historia; con reminiscencias visuales asociadas a las imprecaciones contra el infiel contenidas en los bocadillos de los tebeos de El guerrero del antifaz o de los chistes de la prensa actual, en los que el musulmán aparece ridiculizado con un séquito de mujeres ocultas tras el velo; o como burdo instrumento de un astracanado juego de palabras con el adverbio allá, en ese verso de Muñoz Seca de su famosa comedia, La venganza de don Mendo, al exclamar uno de los personajes, clavando la espada al tradicional enemigo islámico: «¡Que por Alá, por aquí!». 1. Véase El trujamán del 31 de julio de 2000, El islam en una moneda, de Salvador Peña Martín y Miguel Vega Martín. LA JAFITA Y SUS VASOS DE TÉ CON HIERBABUENA, GRANDES Y PANZUDOS Mi ciudad adoptiva está edificada sobre sinuosas colinas, como algunas hermosas ciudades del Mar Blanco Medianero —Albahr Alabiad Almutawasit, nuestro Mar Mediterráneo—, así llamado por los árabes que llegaron del Mar Rojo con esa obstinada manía del conquistador de renombrar lo ya nombrado. Sobre mi colina preferida se alza uno de los cafés con más encanto del mundo: La Jafita —nuestro café de Alhafa, el acantilado—, así llamado por los españoles que, con la misma tozudez del renombre, lo castellanizaron con un diminutivo. En sus terrazas escalonadas, sentados a las mesas o tumbados en las esteras, algunos parroquianos fuman kif, y la mayoría, con la mirada puesta en el Estrecho y en las costas andaluzas, bebe té con hierbabuena, servido por Abdelkader, de mesa en mesa, en unos toscos vasos grandes y panzudos, que va desencajando —precisamente por su singular forma— de un armazón, a modo de bandeja, de aros superpuestos. Hoy, como todas las tardes, los hombres hablan del viento. Es el único cafetín de la ciudad donde no sorprende la visión de una mujer sentada, sola, corrigiendo unos papeles y con uno de esos vasos de té en la mano. Por eso, por Alhafa, el acantilado, La Jafita, el acantiladito, el levante, el mar de cualquier color; porque las palabras son como las olas y, como las caricias, unas llevan a otras; porque mi ciudad adoptiva es conocida por ser guarida de traidores y también celebra la arbitrariedad, y por muchas cosas más, en el fragmento final de La nuit de l’erreur, en el que se evoca este mítico café tangerino, «un grand verre» del escritor magrebí de expresión francesa Tahar Ben Jelloun se convirtió en mi traducción en «un vaso grande y panzudo». EL PAN DESNUDO: ¿QUÉ OCULTAN LOS TÍTULOS? Al-jubz al-hafi es la expresión en árabe de la más absoluta indigencia: pan a secas, pan sin nada que lo acompañe, pan solo. Con ese título, uno de los más interesantes escritores marroquíes contemporáneos, Mohamed Chukri, narra, en la primera parte de su autobiografía, la absoluta desposesión en la que vivió en su niñez y adolescencia; el éxodo en los años cuarenta, con su familia, movido por la hambruna, desde un pueblecito del Rif a Tetuán, capital entonces del protectorado español en el norte de Marruecos; la lucha por la vida de un pícaro analfabeto que decide a los veinte años acudir a la escuela para aprender a escribir. Paul Bowles, escritor norteamericano, afincado en Tánger, propuso a Chukri traducir aquel desgarrado testimonio al inglés. Bowles, que desconocía el árabe culto, lo tradujo mediante el procedimiento poco ortodoxo de la autotraducción oral que Chukri le iba dictando en español. For bread alone tuvo tanto éxito que otro escritor de renombre deseó traducirlo al francés y la traducción de Tahar Ben Jelloun, Le pain nu, fue un éxito de ventas en Francia que consagró definitiva y merecidamente a Chukri. Ben Jelloun quizá decidió en su título poetizar el hambre, sublimarla con un adjetivo etéreo que surge de la asociación con la idea de «descalzo», otra de las acepciones de alhafi, que en francés corresponde a pieds nus. Y así, Aljubz alhafi, en la traducción directa del árabe al castellano del hispanista Abdel-lah Djbilou pasó a ser El pan desnudo; metáfora también de la desposesión. A veces, los calcos, por interferencia lingüística, resultan afortunados. CUANDO LOS ARCAÍSMOS DEJAN DE SERLO El prestigioso traductor Lawrence Venuti, en su reciente obra, The Scandals of Translation, nos describe cómo recurre a los arcaísmos para traducir ciertos textos románticos de la literatura italiana, desviándose del inglés estándar, el más familiar para el lector doméstico, y lograr, mediante dicha desviación, el efecto contrario, el de extrañamiento, por el que él aboga. Los traductores profesionales nos sentimos muy reconfortados al comprobar que las estrategias de traducción que aplicamos intuitivamente —como señaló Eugenio Coseriu— están ya expresadas y sistematizadas por los teóricos de la traducción. En mi experiencia con los textos de la literatura magrebí, enraizados en la cultura árabe (islámica y judía), pude comprobar el privilegio que tenemos los traductores al español, por contar en el tesoro de la lengua española con tantas palabras arcaicas, caídas en desuso o poco usadas, que adquieren vitalidad al integrarse en el texto literario contemporáneo que nos llega de esas culturas en las que nunca perdieron vigencia los ritos cotidianos de los habitantes transterrados de Al Andalus que esas mismas palabras nombraban. Al utilizar estos arcaísmos, nos servimos de la misma estrategia de Venuti, pero doblemente enriquecida: extranjerizamos el texto y, a la vez, lo domesticamos, devolviendo esas voces a casa. DE PREMIOS, CIFRAS Y QUEJAS Es indiscutible la repercusión que tiene un premio literario, no sólo, obviamente, para el galardonado, sino para la cultura que representa. Hubo uno, en particular, en 1988, que cambió para siempre el destino de la literatura árabe en el panorama universal: el Nobel concedido al escritor egipcio Naguib Mahfouz. En un congreso organizado por la Escuela de Traductores de Toledo en 1998, con motivo de la celebración de los 10 años de este galardón, salieron a relucir algunos datos* sorprendentes: «de las 100 000 traducciones publicadas en España entre 1988 y 1998, noventa y ocho fueron obras de literatura árabe contemporánea; el 0,098 % del total». Pero aún más sorprendente es comprobar que de «estas noventa y ocho obras, ochenta y ocho fueron traducidas directamente del árabe y diez lo fueron indirectamente, a través del inglés». Y aún quedan más motivos de asombro: el 30 % corresponde a un solo autor, Mahfuz. A pesar del interés que ha empezado a despertar actualmente la literatura árabe —en parte gracias a este premio— los sectores vinculados con su traducción se siguen quejando de que las críticas de las traducciones se encarguen siempre a especialistas del mundo árabe y no a críticos literarios que acepten leerlas como obras de auténtica creación literaria y no como testimonios relacionados con la sociología, la etnografía o la política. * Fuente: Actas del congreso «La traducción de la literatura árabe en Europa: diez años después del Nobel a Naguib Mahfouz », 1998, (en prensa). MIS ARABISMOS PREFERIDOS: ADAFINA Recorrido inmóvil, del escritor judío marroquí de expresión francesa nacido en Safí en 1917 —durante el protectorado francés—, Edmond Amran El Maleh, arranca en un cementerio de Arcila, ante la tumba de Nahón, el último judío del puertecito pesquero del norte de Marruecos. El narrador lamenta la desaparición de la comunidad judía de esta ciudad, que emigró poco a poco a Israel en los años sesenta. Varias veces se alude en la novela al plato que se come los sábados en los hogares judíos, la sjina, transcrito del árabe marroquí por no existir equivalente en francés. En el DRAE encontramos así definido el término adafina: (Del ár. ad-dafina, la oculta o encubierta) f. Olla que los hebreos colocan el anochecer del viernes en un anafe, cubriéndola con rescoldo y brasas, para comerla el sábado. El diccionario de Corominas ofrece el mismo significado pero añade: «Los judíos sevillanos en Palestina seguían comiendo en 1512 las albondeguillas et adafinas, como en España, Al. And. XII, 321». La comunidad sefardí hispanohablante del norte de Marruecos sigue llamando así a ese plato que se pone a cocer desde el viernes, pues el sábado no se puede encender el fuego. ¿Cómo no integrar ese término, arrinconado en los diccionarios, en la traducción al castellano del texto contemporáneo de El Maleh, que es un homenaje continuo a la memoria? Junto a la palabra extranjera, sjina, coloqué la doméstica, adafina, aposición innecesaria y redundante pues el autor la aclara en el contexto. Explicitación inútil, guiño gratuito —el lector nunca lo interpretará— a mis recuerdos de infancia, cuando nuestra vecina judía le enviaba a mi madre ese plato para que lo probara. ¡Me encantaba el color sepia de los huevos duros, cocidos ocultos en las brasas, el sabor del trigo crujiente! Y el traductor invisible va dejando sus huellas. MIS ARABISMOS PREFERIDOS: ALMACABRA
Un colega traductor, que conoce mi afición por los arabismos, me señala que en el diario ABC, de 20 de enero de 2000, aparece una noticia sobre el hallazgo de «una ‘maqbara’ o cementerio musulmán medieval de los mudéjares de Ávila, en el que se han descubierto centenares de tumbas». El periodista utiliza el neologismo de Goytisolo, entrecomillado y explicitándolo mediante el término latino alternativo. En el DRAE, encontramos así definido el término almacabra: almacabra (Del ár. al-maqabir, los cementerios) m. Antiguo cementerio de moros. Y el diccionario de doña María Moliner, con un criterio anticipado de lo políticamente correcto, lo define así: almacabra (ant.). Cementerio de musulmanes. Esa palabra efectivamente se volvió anticuada pues, a partir del último morisco expulsado de España, allá por 1614, los cementerios musulmanes cayeron en desuso. Ya no quedaban musulmanes que enterrar. Los traductores no demasiado intrépidos no nos atrevemos a crear neologismos, pues nos reprocharían que las palabras inventadas no están en el diccionario de la lengua. ¡Revitalicemos pues las que sí están!
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