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Marruecos y España o el Ancho de Gibraltar Gonzalo Fernández Parrilla
¿Van a más las relaciones entre Marruecos y España? Todo parece indicar que las relaciones políticas, con sus inevitables altibajos, son estables y crecientes. La retórica política y oficialista suele recurrir a ese pasado común y se abandona indolente al manido “condenados a entenderse”. Así mismo las relaciones económicas y comerciales, periodísticas y de toda índole se desarrollan al alza. Pero sobre todo las relaciones humanas, como consecuencia del fenómeno de la emigración, van a más, como lo demuestra la creciente y dinámica comunidad de marroquíes residentes en España. Sin embargo, pese a la proximidad geográfica, pese a esa historia común tan frecuentemente evocada, no parece exagerado afirmar que las sociedades civiles de España y Marruecos se dan de algún modo la espalda y que en términos generales las percepciones mutuas están distorsionadas por la existencia de numerosos prejuicios y estereotipos. Pese a los esfuerzos que se realizan desde medios especializados para intentar mejorar esta situación, ese desconocimiento es especialmente perceptible en el ámbito cultural y de la circulación de la producción intelectual entre ambos países. En efecto, tal vez sea lo cultural uno de los aspectos más abandonados de las relaciones entre Marruecos y España. Pongamos por caso el ámbito de la traducción. La traducción es una bruja óptima para tomar el pulso a la vitalidad de las relaciones entre culturas distintas. Si atendemos a esas relaciones supuestamente privilegiadas, los flujos de traducción entre Marruecos y España son más bien limitados. En España el autor más traducido y conocido es Tahar Ben Jelloun que ¿hasta qué punto es representativo de las culturas y las literaturas de Marruecos? Los otros pocos escritores que se han traducido, a excepción de Mohamed Chukri, no han llegado a franquear los límites del ámbito especializado. Esas relaciones centenarias y crecientes en todos los ámbitos adolecen de un déficit en el ámbito cultural, que queda convertido en una especie de hermano pobre de las relaciones entre Marruecos y España. En efecto, no es difícil constatar un desequilibrio entre la recíproca importancia estratégica y real y las escasas manifestaciones culturales que existen más allá del Instituto Cervantes. Ahora bien, a pesar de esta primera y pesimista impresión parece que las cosas empiezan a cambiar. El número 22 de la Revista Atlántica del 2001 dedicaba un dossier a la poesía marroquí contemporánea. En mayo del 2001 se estrenaba en unas populares salas de cine comerciales de Madrid el film Ali Zaoua del realizador marroquí Nabil Ayouch. En el año 2000 la Feria del grabado de Madrid Estampa había dedicado una sección especial a los grabadores marroquíes. Por último cabe destacar otro acontecimiento que demuestra que las cosas están cambiando. Con la sagacidad política que la caracteriza, pero sin prever las repercusiones que habría de tener en el entorno nacionalista catalán que se premiase a un intelectual marroquí que minimizaba el hecho diferencial beréber con el que sectores nacionalistas catalanes han venido desarrollando una empatía comprensible, Jordi Pujol justificaba la concesión del premio Catalunya 2000 al historiador y novelista marroquí Abdellah Laroui argumentando: «nos importa lo que es importante para Marruecos». Esa frase que parece tan lógica dadas las relaciones de toda índole (vecinales, históricas, etc.) y la retórica al uso entre España y Marruecos, no se ajusta, sin embargo, a la realidad, cuyo patrón parece ajustarse más bien a todo lo contrario: en España nos importa lo que no le importa a Marruecos. Pongamos como ejemplo de la rotunda afirmación anterior una de las contadas ocasiones en que un medio de comunicación español le ha dedicado unos párrafos a la cultura del Marruecos contemporáneo. Me refiero al artículo de la última página del suplemento cultural Babelia del diario El País (16-IX-2000), titulado “Aires de libertad” y dedicado -en teoría- a la vida cultural en Rabat y Marruecos. El corresponsal del mencionado diario en Marruecos intenta, como es habitual en este espacio, tomar el pulso a la vida cultural y literaria, pero hete aquí que su crónica contiene graves desatinos y no menos errores, tantos que llega uno a pensar si tal cúmulo de licencias se las permiten siempre en esa sección o ¿tal vez tan sólo porque se trata de Marruecos? Al leer el artículo “Aires de libertad” podría dar la impresión de que en Marruecos no se publican obras en árabe, ya que no se menciona ninguna obra ni ningún autor que escriban en esta lengua, cuando el árabe es la lengua nacional de Marruecos y en ella se publican la mayoría de los libros (más de 1000 en árabe anualmente frente a unos doscientos en francés), y en ella se expresan la gran mayoría de los escritores marroquíes. La única editorial citada que publica en árabe, al Qubba al- zarká, está citada como si fuesen dos editoriales “Al-Qubba” y “Zarka” como gran novedad se cita una obra de Driss Chraïbi L’Homme du livre, publicada en 1995, traducida además al castellano desde 1998 (El hombre del libro, Driss Chraïbi, Ediciones del Oriente y el Mediterráneo). Contiene también errores tales como que el traductor de Goytisolo no es el escritor Abdelkebir Khatibi sino el traductor y crítico Ibrahim al-Jatib. Otro ejemplo reciente de esta perpetua paradoja, que una loable iniciativa, como lo es dedicar una sección de un suplemento cultural a Marruecos, acabe en auténtico despropósito repleto de dislates y errores, podría ser esa conjunción de estereotipos y clichés que nos brinda la película Kasbah de Mariano Barroso. Pretendiendo construir una especie de alegato contra el racismo -“El miedo al ’moro’ no es más que miedo a nosotros mismos” ha declarado el realizador-, acaba desgraciadamente teniendo un efecto antagónico al pretendido. Sin dudar de sus buenas intenciones, no creo que se le pudiese haber ocurrido nada peor. Nos ofrece la visión más superficial, negativa y turística de Marruecos, la de alguien que visita Marruecos una Semana Santa en un viaje organizado y ya se cree Paul Bowles. Sin duda esta película tendrá un efecto disuasorio sobre potenciales turistas, porque cualquier persona que desconozca Marruecos se lo pensaría muy mucho antes de pisar esa tierra de “animales”, como afirma un anacrónico e inverosímil legionario que, vengando una ofensa mitológica, se ha quedado colgado en Marruecos trabajando de matarife y cortando orejas humanas en sus ratos libres. En definitiva, un iluminador compendio de esa visión sorprendentemente vigente todavía en España respecto a Marruecos. Y es que todavía no es insólito toparse con ese español que de turista por Europa se jacta de haber visitado el Louvre o cualquier otro lugar de obligado peregrinaje cultural y que, cuando visita Marruecos, no frecuenta ninguno de sus museos, limitándose al consabido regateo, desposeído de la noche a la mañana de su inquietud cultural habitual. |
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