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LA CASUALIDAD DE
ESCRIBIR EN CASTELLANO
Mohamed Lahchiri* Nuestra infancia rodó por los últimos años de la época del protectorado español y francés en Marruecos y los primeros años de la época de la independencia o postprotectorado; se trata de los años 50, en los que todas aquellas cosas que apasionaban a los niños de entonces (los tebeos, el cine, las canciones, el fútbol, las estampas de actores, cantantes y deportistas, y hasta los juguetes) estaban en castellano… Y no sólo en Ceuta, que es mi patria chica, sino también en Tetuán, en Tánger, en Larache, en Alcazarquibir, en Alhucemas … No había nada, absolutamente nada en nuestra lengua,… de manera que toda nuestra infancia-adolescencia estuvo marcada por aquella especie de guerra de guerrillas entre los niños de vecinos -compañeros de clase-, que estábamos chiflados por todas aquellas chucherías en castellano, y nuestros padres (en cuyo bando se encontraban maestros y hasta vecinos, moros y cristianos) que las consideraban una pérdida de tiempo y de dinero. Y sin embargo, cuando en cierto momento de la adolescencia, el grupito de amiguetes que formábamos (unidos por la barriada ceutí donde correteó nuestra infancia y por el instituto tetuaní del Kadi Ayad donde estudiábamos o el autocar que nos llevaba a Ceuta cada fin de semana o cada mes o cada vacaciones) … Decía que cuando el grupito empezamos a librarnos de esos sueños descabellados de ser tarzanes, pistoleros rápidos con el revólver, o distéfanos o kubalas, e, influidos por nuestras lecturas y por unos buenísimos señores que tuvimos la suerte de que nos tocasen como profesores, empezamos a soñar con ser escritores, escritores célebres y admirados, con barba a lo Heminguay, nuestros modelos no se llamaban ni Bécquer ni Baroja ni Unamuno ni Valle Inclán ni Azorín, ni tampoco eran los autores de los ”Episodios nacionales”, de El Quijote o de Platero; éstos, para nosotros, eran unos escritores cuyos textos estudiamos movidos por el afecto que latía en nosotros hacia los profesores que nos los daban. Es verdad que en nuestras lecturas –esas lecturas insaciables de la adolescencia– el castellano tenía tanta importancia como nuestro árabe escrito, pero sólo lo utilizábamos para acceder a la literatura de Chejov, de Gorki, de Dostoyevski, de Tolstoi, de Somerset Maugham, de Stephan Sweig o de Maupassant,… Nuestros modelos escribían en árabe y se llamaban Al Manfaluti, Taha Husain, Ahmad Amin, Yubran Jalil Yubran, el Nizar Qabbani de las poesías políticas incendiarias de después de la guerra árabe-israelí de 1967, y un buen etcétera, cuyo remate era nada menos que Naguib Mahfuz, nuestro hasta ahora único Nobel árabe de Literatura. Y, naturalmente, nuestros primeros pinitos fueron textos en árabe no vocalizados en los pequeños espacios que la prensa marroquí, diaria o semanal, siempre ha abierto a los estudiantes o adolescentes que soñaban con ver sus nombres firmando un poema, un articulín, un cuento o una carta abierta. Este miembro de la AEMLE (Asociación de Escritores Marroquíes en Lengua Española) y autor hasta ahora de tres libros de cuentos y una novela (todos en castellano), escribió sus primeros cuentos literarios en árabe y pensaba seguir haciéndolo y ya se encontraba pensando cuántos textos se necesitaban para formar un libro,…pensaba seguir haciéndolo cuando algunos protagonistas del mundillo literario de Casablanca y de Rabat de los años setenta le convencieron de que tenía que aprovechar su bagaje de castellano y su conocimiento de la cultura hispana, traduciendo al árabe, para las páginas literarias de los periódicos, obras breves, poesías o textos escogidos de la literatura española y sobre todo latinoamericana. Hay muchos cuentistas en Marruecos, me dijeron, y es más importante dar a conocer otras culturas de las que aquí no se tiene la menor idea. Eran los tiempos del golpe de Estado en Chile y la muerte de Pablo Neruda, el boom de la novela latinoamericana, … Y cuando a mediados de los años setenta un par de amigos-colegas y yo (que éramos profesores de árabe) decidimos matricularnos en la Facultad de Letras de Rabat, para obtener la licenciatura en literatura española, sólo lo hicimos porque, como profesores de español, tendríamos mejor salario; mejor dicho: un salario menos malo. Mi labor de traductor de literatura escrita en castellano siguió adelante, hasta llegar en los años 80 a esa madurez, en la que se trabaja con enorme pasión, con la traducción de obras mayores: “La casa de Bernarda Alba” de G Lorca, “Días y noches de amor y de guerra” de E Galeano, “Noche de guerra en el Museo del Prado” de Alberti o un buen ramillete de cuentos de Borges. No quiero olvidar una obra exquisita de A Casona, “La dama del alba”, o una antología del cuento latinoamericano, en la que trabajé dos años. En esos años 80 –al principio de los mismos- traduje al español alguna obra de teatro marroquí, porque me lo pidió el Instituto Hispanoárabe de Cultura de Madrid. Fue un trabajo realizado deprisa y corriendo y con el sentimiento de que eso no era lo mío, y porque un señor de Madrid me había sacado la promesa de que lo haría y estaba atrapado por el deber de cumplirla. Y aunque en esa misma década, y por iniciativa del ex ministro de la
Comunicación Larbi Messari, que es de Tetuán y que muchos españoles
seguramente tuvieron la ocasión de ver alguna vez en TVE, hablando en buen
castellano de las relaciones entre España y Marruecos o de la cuestión del Sáhara
y de Ceuta y Melilla, como miembro del Partido del Istiqlal,… Decía que,
aunque por iniciativa de este ex ministro y maestro de periodistas se decidió
publicar, en el diario L’OPINION, órgano en francés de su partido, una página
semanal en español, no se me pasó por la cabeza en ningún momento escribir
una sola línea y mandarla a esta página; una página que, desde mi buena
reputación como colaborador en la prensa marroquí en árabe, veía como algo
de no mucha monta, algo que se ofrecía a unos primeros versos adolescentes. Sí hubo un interés y unas ganas enormes de traducir al español alguna
obra de Naguib Mahfuz, cuando saltó la noticia de que -¡por fin!- le habían
concedido el Nobel de Literatura, un 12 de octubre de 1988. Pero eso se debía a
esa veneración que siempre ha latido en nosotros por el hombre y su obra. Pedí
ayuda a todos los responsables españoles que conocía en Casablanca, el
director del entonces Centro Cultural Español, el del Instituto Español, el de
la Cámara Española de Comercio, … Hubo promesas, pero no traduje ni una sola
línea mahfuziana. Hasta el año 90 mi relación con el castellano fue la de una persona
que disfruta leyendo en esa lengua y, sobre todo, traduciendo desde la misma
textos de los que a uno le habría gustado haber sido el autor. Me sentía
inmensamente feliz y satisfecho cuando terminaba y veía publicado un cuento de
Borges o de Cortázar o de Benedetti o de Rulfo, pero cuando se me ocurría una
buena idea para un cuento, se me ocurría en árabe, le daba vueltas en árabe y
lo escribía en árabe. Y escribía dándome encontronazos con el problema sempiterno de mi
lengua clásica escrita, que es la que se utiliza en todo el mundo árabe en los
medios de comunicación y la literatura, y mi lengua marroquí hablada, por la
gran fosa que separa las dos lenguas. Mis esfuerzos se dirigían –quizá con cierta puerilidad- a hacer que
mi escritura fuera clásica correcta –con la máxima belleza de que era
capaz…-, pero que se acercase al hablar cotidiano marroquí, que se viera
desde la primera frase que era un árabe escrito por un marroquí. Lo cierto es que en aquel verano de 1990 me encontraba a una lejanía
imposible de imaginarme escribiendo en castellano. Llevaba 17 años escribiendo en mi lengua –colaborando no sólo en la
prensa marroquí, sino también en la prensa de otros países árabes-; y
pensaba que seguiría haciéndolo toda la vida, soñando con dar algún día con
el gran libro que todos los escritores –los buenos y los menos buenos- soñamos
con publicar… Pero en aquel julio del 90, mientras me encontraba dando clases
en el Centro Cultural Español de Casablanca, leí en el diario “LE MATIN”
un anuncio que decía, que el grupo Maroc Soir, que publicaba dos diarios en
francés y uno en árabe y defendía la línea del Palacio Real, necesitaba a
personas que dominasen el español, porque quería crear un diario en esta
lengua… Y me presenté y trabajé… Me había pasado muchos años desviviéndome por hacerme con un sitio en la prensa marroquí en lengua árabe –y logré alguna vez ese sitio, cuando entré a formar del equipo de la revista Attakafa al Yadida, esto es, Cultura Nueva, que fue prohibida en 1983 por el mismísimo Dris Basri, ministro del Interior de Hassan II y hombre fuerte del régimen durante tres décadas, dentro de esa campaña siniestra llevada a cabo en aquellos años contra toda manifestación cultural independiente-… Decía que me había pasado muchos años desviviéndome por un espacio en la prensa marroquí en árabe, cuando saltó la ocasión de trabajar como corrector y periodista en un periódico marroquí en lengua española, que se llamó “ La Mañana ”, en julio de 1990, periódico cuya aparición fue decidida por el rey Hassan II y que se explica por el mal momento que atravesaban las relaciones entre Marruecos y la República Francesa , mal momento provocado por la publicación en Francia del libro “Nuestro amigo el Rey”, que ustedes seguramente conocerán... Publicación que, según los autores del libro “La última frontera” (publicado por Ediciones Temas de Hoy en 1996), “tuvo un efecto saludable sobre el hispanismo marroquí”. “Muy enfadado con París, prosiguen los dos periodistas españoles autores del libro, Hassan II decidió personalmente la inclusión de informativos en español en el programa de la televisión y la radio públicas y el nacimiento del diario La Mañana ”. Este diario, que ya dejó de publicarse, tuvo la mala suerte de publicarse en Casablanca, en un entorno tremendamente afrancesado, e incluso antiespañol en algún momento y también de ser una publicación oficial. Mi trabajo en “ La Mañana ” consistía en corregir traducciones o traducir del francés y del árabe al español artículos sobre la marroquinidad del Sáhara o sobre la independencia o la dinastía de los alauíes, discursos del Rey, entrevistas con responsables marroquíes, editoriales, etc. Y mis primeros textos en español los escribí para llenar columnas de una página en la que se quería que escribiesen los lectores (estudiantes y profesores de español). Se trataba de cosas escritas deprisa y corregidas con la misma prisa, estampas, escenas, anécdotas y recuerdos de mi Ceuta de los años cincuenta. Y un señor llamado Francisco Albert, que era presidente de la Cámara Española de Comercio de Casablanca, sintió debilidad por estos textos y me llamó para decirme que quería publicarlos en un libro, que salió con el título de “Pedacitos entrañables”. El volumen estaba compuesto por 25 cuentos muy cortos y fue publicado en 1994, en Casablanca. Y si este primer libro tuvo un mecenas que corrió con los gastos de la publicación e incluso los de la portada y los dibujos, obra de un exquisito pintor alicantino llamado Demetrio Pérez, el segundo, que titulé “Cuentos ceutíes” (y lo titulé así para que lo comprasen y lo leyesen mis paisanos de la patria chica, de Ceuta …) Decía que si el primero tuvo la suerte de tener un mecenas, el segundo y el tercero salieron del bolsillo de su autor, con la colaboración valiosísima de varios amigos del mundillo de la cultura de Casablanca. Las críticas que recibió el primer libro fueron buenas y hubo un artículo del escritor Miguel Ángel Moreta, que entonces se encontraba en la Embajada de España en Rabat, en la Consejería de Educación, que me decidió a tomarme en serio lo de escribir en castellano; no limitarme a llenar columnas con cosas menudas sacadas de la memoria… A Moreta los cuentos le gustaban mucho y para mí el artículo era exactamente lo que a cualquier escritor le gustaría escuchar sobre su trabajo. Empecé a escribir acercándome –primero de puntillas y luego con más confianza- a temas tabúes para nuestra escritura en árabe, como historias de primeras experiencias sexuales de adolescentes con prostitutas o mujeres adultas o de chicos arrastrando el temor –mejor dicho: el terror- a ser sodomizados,…temas que en árabe los lectores no solían leer y que los escritores preferían evitar…Me atreví a acercarme a esos temas porque el periódico tenía muy pocos lectores y porque ahí yo era el corrector-censor. Hubo un segundo artículo de Moreta sobre mis cuentos, titulado “Locos por Di Stéfano”, de más envergadura y muy alentador. Alentador fue también lo que escribió el entonces embajador de España en Rabat, Jorge Dezcallar, quien primero leyó los “Pedacitos…” y los elogió en una carta y luego escribió un prólogo a mi novela “Una historia repelente”, que se publicó por entregas en el 2001 y que fue muy criticada por algún periódico marroquí en francés, que la consideró “una sarta de aventuras sexuales”. Dezcallar dice que el autor de “Una historia repelente” “mima el español y lo utiliza sin complejos hasta forzar en ocasiones un texto de resonancias quevedianas. Es envidiable esta facilidad para saltar de una lengua a otra, de una cultura a otra, aunque utilice como pretexto el hilo conductor de una historia que ha logrado sin lugar a dudas hacer repelente”. Yo he escrito en español porque he trabajado en el diario marroquí en lengua española “ La Mañana ”, con un salario que me hacía mucha mucha falta, desde julio de 1990 hasta diciembre de 2003. Creo que jamás habría escrito un sólo párrafo en español de no haber sido por mi trabajo en este periódico, donde corregía todo lo que me echaban, pero hacía todo por ocuparme de las páginas culturales; y si antes traducía al árabe narrativa y poesía hispana, ahora traducía al español narrativa y poesía árabe y marroquí –afirmo con inmensa satisfacción que traduje verdaderas joyas de los egipcios Yusuf Idris, Yusuf Achcharuni, Naguib Mahfuz, los sirios Zacaria Tamer y Nizar Qabbani o nuestro Mohamed Zafzaf- ... y escribía cuentos literarios en español, e incluso una novela. Así, a lo largo de los 13 años que estuve trabajando en el periódico, salieron -primero para tapar huecos o justificar el salario y luego ya por placer- los cuentos de mis tres volúmenes. Hasta principios de los años 90, lo de “escritor marroquí” hacía
pensar en una persona que escribe en árabe o en francés. Incluso en amazigh o
beréber, porque siempre hubo poetas en esta lengua marroquí autóctona, que
ahora empieza a ser mejor considerada, poetas que suelen aparecer en bodas y
funerales. Yo mismo he escrito en árabe durante casi dos décadas, como acabo
de contar. Pero en la década de los 90 empezaron a surgir, publicados por sus
propios autores, alguna que otra novela, algún libro de cuentos literarios, algún
volumen de poemas o algún ensayo, en español. Alguna de esta literatura era
buena, otra mala e incluso muy mala. Lo cierto es que el número importante de
libros publicados llamaba la atención. Los autores habían realizado sus
estudios en España o en zonas fronterizas o se dedicaban a la enseñanza del
castellano o de la literatura escrita en esta lengua. Alguno es de madre española. En 1995, cuatro escritores marroquíes en lengua española presentaron
sus libros en los Institutos Cervantes de Casablanca, Rabat y Tánger. Y dos años
después, fue creada la Asociación de Escritores Marroquíes en Lengua Española
(AEMLE), en la ciudad de Larache. La agencia española de noticias Efe dedicó al fenómeno un artículo
largo y tendido –escrito por el periodista Javier Otazu- y la prensa de Madrid
se hizo eco del mismo en sus columnas de noticias culturales. La AEMLE organizó unas primeras jornadas de literatura marroquí
escrita en español en Tánger, en mayo del 2003 y unas segundas jornadas en
febrero del año de 2005, con el apoyo del Instituto Cervantes, la Agencia Española
de Cooperación Internacional (AECI) y las autoridades tangerinas. Estos... llamémosles “logros menudos”… continuaron cuando el
Ministerio marroquí de la Comunicación organizó un homenaje, en el Salón
Internacional del Libro de Casablanca, a dos miembros de la AEMLE , como
periodistas que escriben en español, homenaje del que se hicieron eco todos los
medios de comunicación marroquíes. La Universidad de Cádiz ha organizado ya cuatro seminarios sobre el
tema de esta literatura marroquí de expresión hispana y la Universidad de
Granada dedicó las jornadas 4, 18 y 24 de abril del año 2006 al fenómeno. Y la editorial Destino publicó un volumen de cuentos literarios marroquíes,
la mayoría escritos en español, …un volumen titulado “La puerta de los
vientos”, cuyos textos fueron seleccionados por Marta Cerezales, Miguel Angel
Moreta y Lorenzo Silva. Pero este fenómeno de los escritores marroquíes en lengua española
todavía es una criatura frágil, todavía producimos mala literatura, la AEMLE
todavía no funciona como nos gustaría que lo hiciese, y cuando nos comparamos
con los escritores marroquíes en lengua francesa, nos sentimos en pañales. Este ... vamos a llamarlo “subdesarrollo” –o aparición muy tardía-
en el que se encuentra esta literatura marroquí escrita en español o –dicho
de otro modo- este florecimiento de la literatura marroquí en lengua francesa
–con un Tahar ben Jelloun, a quien han concedido nada menos que el premio
Goncourt, con un importante número de obras que se estudian en universidades
galas y canadienses, además de las marroquíes, con obras que se traducen a
otras lenguas, entre las que figura la lengua materna de sus autores, esto es,
el árabe, etc., etc.- se explica por una decisión tomada allá por el año
1960 ó 1961 en la capital de Marruecos, por un gobierno muy afrancesado, que
decidió que la primera lengua extranjera en Marruecos –que se empieza a
estudiar en la enseñanza primaria- debía ser la misma en todo el país, esto
es, el francés. Hasta entonces eran dos las primeras lenguas extranjeras: el
francés en el sur, desde Alcazarquibir para abajo, si estamos mirando el mapa,
y el español en el norte, desde Alcazarquibir hasta el Estrecho. También se suele sacar a cuento –se suele reprochar- el poco interés
que puso la España de entonces en mantener su castellano en costa de moros, una
falta de interés explicada por J. Goytisolo en una entrevista a este ex
periodista, en la que dijo que “la presencia cultural española en Marruecos
no fue fuerte como la francesa, porque España en aquella época era una país
semidesarrollado y podía aportar muy poco a los marroquíes”. Mis amigos me dicen que mis cuentos son autobiográficos, y no sólo refiriéndose a mi primer libro, que rebosa de recuerdos de infancia y todos sus textos están en primera persona del singular, sino también al segundo, “Cuentos ceutíes” y al tercero, “Una tumbita en Sidi Embarek”; y más de un amigo me ha dicho alguna vez, con una sonrisa cómplice, después de leer un cuento mío, que “ehtto te ha pasao a ti”. Decir que las vivencias de una persona son un elemento importantísimo en su trabajo, cuando esa persona escribe o pinta o compone,… decir esto es quizá decir una verdad de Perogrullo. Añado a esto que la época de la infancia, el paso a la adolescencia, la adolescencia misma y el marco en el que han transcurrido, me parece una fuente a la que un escritor –quizá el escritor perezoso, y yo lo soy- puede recurrir durante toda su vida, y nunca se quedará con las manos vacías, siempre dará con materia prima que trabajar. Y este escritor, que tiene que trabajar cada día y coger el autobús y el taxi y el tren… que no se sienta ante un escritorio a devanarse los sesos de tal hora a tal hora, como hacen los profesionales de la pluma, y que escribe sólo cuando dispone de tiempo libre y está aburrido y tiene a mano papel y bolígrafo… como todos los perezosos… este escritor se considera cuentista de su barrio, porque –en la mayor parte de los trabajos que ha escrito hasta ahora- está como obsesionado por aquel barrio ceutí del alma, el Príncipe Alfonso, no el de ahora, sino el de los años 50 y 60 ; y como mejor se siente en la piel de escritor es recreando aquella época, aquel marco, sus historias, su pobreza, sus alegrías, zambombas y pinchitos, sus gitanos y sus payos, sus moritos, los de la ciudad y también los que venían de los montes cercanos con espaldas o borricos cargados, sus mezquitas, su iglesia, sus bares, sus tiendas, sus hornos, sus cabreros… y hasta su cuartel de guardiaciviles; y cuando, durante el trajín cotidiano, tropieza con un recuerdo que le brinda una idea para un cuento y se pone a escribir, impregnado de su barrio y de la época, le salen los párrafos como chaparrones, uno tras otro, y piensa que así da gusto ser escritor, y no para hasta el desenlace feliz, en el que se siente satisfecho y pone el punto final. El escritor se apropia de cualquier historia, de cualquier anécdota, de cualquier incidente enmarcado en aquella época, en aquel barrio, sea autobiográfico o no, lo hace suyo y lo saca en forma de cuento literario, en primera persona del singular o del plural o en tercera persona. Hay un cuento mío titulado “El amigo argentino”, que tuvo una crítica emocionada de la novelista argentina Luisa Valenzuela y que se encuentra en el volumen ya mencionado, “La puerta de los vientos”, publicado por la editorial Destino… Este cuento empieza con unos hechos puramente autobiográficos (el amigo argentino existió, se llama igual que en el cuento, el narrador lo conoció en Ceuta, a finales de los setenta, años de encarnizada dictadura en Argentina, las cosas sobre las que hablaron son las que se mencionan en el cuento, etc., etc.), pero a medida que avanza el texto, se va alejando de la autobiografía y el desenlace es invención del autor. También hay algún que otro texto en el que el escritor cuenta alguna historia oída, una de esas historias en las que nos hubiese gustado ser protagonistas, y la cuenta en primera persona y con tanto mimo, que hace pensar que es autobiográfica, cuando no lo es. Dicho esto, admito que gran parte de las cosas que cuento en ”Cuentos
ceutíes” o en “Una tumbita…” me pasaron a mí o son cosas de las que
fui testigo. Pero hay que tener en cuenta que la memoria es un saco con tantos
agujeros, que cuando metemos la mano ahí para escribir, nos tenemos que devanar
los sesos, utilizar todas las artimañas de que somos capaces, en otras
palabras: tenemos que trabajar duro para tapar o para disimular las lagunas. * (Ceuta, 1950). Autor de tres libros de cuentos literarios
en castellano y una novela. Ha traducido al árabe obras como “La casa de
Bernarda Alba” de G Lorca o “Noche de guerra en el Museo del Prado” de
Alberti. |
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