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"Ice cream”

Latifa Baqa

El tiempo no está despejado. Como de costumbre, llevaba a mi hijo en los brazos. Mi padre, aún no ha fallecido, pero pronto habrá de hacerlo…Muy pronto. Él, me adelanta en ese camino (¿Qué camino evoco en estos instantes?).

El espacio tampoco está despejado.

Delante de mí, se halla mi padre que morirá en los próximos días. Arrastra sus pesadas piernas y avanza. Contemplo su viejo cuerpo moviéndose ante mi…No era flaco ni miserable como antes de este viaje… durante toda  mi infancia, me había parecido más bien gordo aunque  con pinta de andrajoso y sus pasos ágiles ( A lo mejor se apresuraba hacia una meta que nosotros desconocíamos). Su pantalón negro se le caía un poco del lado la cintura descubriéndole parte del trasero…-Como de costumbre- Sentía vergüenza y luego rabia. Me precipito hacia él para levantarle el pantalón y abrocharle el cinturón. (Todavía no está demente, aunque la maldición de la locura y la tendencia de tirarse de las ventanas persiguen nuestra a familia desde el siglo pasado. Algo similar a la maldición de la familia de Arcadio en Cien años de soledad). Camina cerca el precipicio…pienso que es capaz de arrojarse; me acerco más a él, con  el niño siempre en mis brazos.

 Pasaremos cerca del vendedor de helados, ¿verdad padre?

Nunca habíamos  hablado así. Me coge del cuello… (Unos días después, mi hermana me contaría  que hacía lo mismo con ella…La cogía del cuello cuando caminaba a su lado. Recuerdo que sentí disgusto al oírla. Creía que se comportaba así solamente conmigo.) Padece todas las enfermedades que los médicos y curanderos de Marruecos son incapaces de curar… Por eso morirá dentro de poco, como mucho  el sábado que viene. Será mejor que coma un helado grande. En silencio, su mirada es implorante, desesperante, llena de impotencia. Se convierte en súplica. (Creo que jamás lo había visto suplicar durante aquella  larga infancia mía que se interrumpió de repente por su muerte, trágica aunque previsible).

Asiento…Saca unos billetes de su bolsillo: billetes mezclados y doblados con desprecio junto a otros papeles, quizá facturas de luz, agua y el acta de matrimonio de la que nunca se sirvió durante toda su monótona vida. Se lo arrebato todo.

¡No lo hagas padre! - Le digo quitándole los papeles de la mano.

Me hace encolerizar con aquella mirada infantil suya, porque luego me sentiré culpable, es decir, cuando muera. Me acuerdo de mi niño; bosteza y frota los ojos con sus manitas.

Casi sin pensar, evoco algo que sucedió hace tiempo: Este hombre enfermo que camina a mi lado, se negó a comprarme un helado más de una vez… Además, la moto no la compró por mí, sino por mis hermanos varones que suspendían sus clases.

 - Yo aprobaba todos los años…Esto nunca  despertó tu interés, por eso me convertí luego en feminista rencorosa…tú tienes la culpa, papá.

Me mira con estupidez, sin hablar. Me doy cuenta de que no ha hablado en todo el tiempo.

- Nunca fuiste estúpido ¿Por qué quieres un helado ahora? 

Si me hubieras tratado como a mis hermanos a la hora de montar en moto, no me hubiera convertido en una mujer obesa con tetas enormes y cara redonda que da asco. Mi marido (a cuyas estupideces me acostumbré mientras que él no logró familiarizarse con mi feminismo) no me habría  abandonado…No te compro el helado. Golpea tu cabeza en el muro si lo deseas- Le dije.

Allí no había ningún muro.

Cuando mi hijo crezca, le compraré un helado. No espero que se convierta en anómalo sexual. Se dice que los niños que tienen mucho cariño a sus mamas, se convierten al tercer sexo con el tiempo…

¿Los que se atan a sus madres? ¿Acaso hay niños que no se atan a sus madres?

Miro detenidamente al vendedor de dulces. Le conozco: Ba Lehlaua, ése era su mote los días de escuela. Le apodaron así porque vendía los deliciosos dulces en el recreo del colegio.

-Mira padre, es Ba Lehlaua, el que vendía dulces cerca del colegio Muza Ibn Nusair. Cuando rememoro ese colegio, mi cuerpo se estremece…Revivo aquella intimidad a la hora de recordar los sitios ya clavados en mi memoria.

Recuerdo que los niños lo llamaban “El colegio de Muza”, como que los estudiantes de mi época llamaban al barrio “Mulay Ismael”, Isamel, así, a secas. Quizás para fastidiar al hombre o al centro escolar, o ¿por qué no? a la  lengua que distingue entre pobres y ricos, esos  señores distinguidos por “Sidi”  “Mulay

Ba Lehlaua, ahora es vendedor de helados. Yo he crecido, me he vuelto  obesa, tengo un niño, mi marido se divorció de mí en mi ausencia, mi padre morirá dentro de poco y no sé lo que me pasará en esta vida.

 - Quiero un helado para mi padre.

Está feliz como un niño mientras que mi pequeño duerme en mis brazos…Me será difícil vivir lejos de mi hijo. Algo me inquieta: no es locura, sino las consecuencias de ser madre, algo que no sienten más que las mujeres que han dado a luz y ha criado solas  sus hijos. Al nacer el niño, mi mundo entero perdió sus argumentos, salvo uno, personificado en él.

Mi padre devora su helado mientras que yo me apoyo en el muro de la escuela y mi niño reposa su cabecita sobre mis cansados hombros. Si alguien fotografiara esta escena, yo parecería la madre de mi padre y de mi hijo al mismo tiempo. Quien lo hiciera  debería encuadrarla bien: El muro de la escuela y Ba Lehlaua tendrían que ser piezas claves dentro del cuadro.

Cuando mi padre me llevaba con él al bar que se llamaba entonces “la cantina” (un nombre nos sonaba a una mezcla de miedo y alegría al mismo tiempo; Me aseguraré de tal sentimiento cuando regrese mi hermana que vivió también la misma situación), me dejaba en la entrada. Nunca me metí dentro de aquel lúgubre lugar donde mi padre él se perdía. Lo que me enojaba es que nunca pensó en comprarme un helado mientras aguardaba en la puerta. A veces me compraba deliciosas pipas saladas y desaparecía más de media hora, tiempo más que suficiente para que yo rompiera las cáscaras de pipas saladas con mis dientes y buscara otra cosa para romper…

Contemplo a mi padre engullendo su helado como si fuera un niño. Nadie pasa por aquí; el colegio está cerrado. Las aulas están solas y los pasillos, silenciosos. Cobrarán vida el lunes próximo por la mañana.

Yo era una solitaria niña; nadie se interesaba por mí.

Observo a mi hijo que tanto amo; y no hace falta que haya ninguna razón. Le quiero, da igual que coma y cague… Dejo de pensar. Le encuentro hermoso, enseguida recuerdo que “El mono a ojos de su madre, se parece a una hermosa gacela”  debemos ser todo lo lógicos cuanto sea posible.

Debo de concentrarme en lo que está ocurriendo. Mi padre va a morir y debo enterrarle. Los vivos entierran a los muertos, es su deber. Debo avisar a todo el mundo de que era musulmán aunque siempre insultaba la religión cuando estaba cabreado y nunca se arrodilló a Dios durante el rezo, aunque sí cuando estaba ebrio. Jamás despojó a nadie, al contrario, una vez fue victima de un robo, que todavía recuerdo como si fuera hoy mismo. Un ladrón le quitó todo su sueldo en el autobús numero 16. No era corrupto ni hipócrita. No era político, ni siquiera mentiroso, ni representante del pueblo en el parlamento…Todos estos pecados que llevan al infierno, él nunca los cometió. Era un simple funcionario que arreglaba en su tiempo libre el transistor y la televisión a los vecinos. Le encantaba preparar platos de pescado y beber vino.

En una palabra, era un buen ciudadano y un buen musulmán que siempre tomaba alcohol. Así debe presentarse en el otro mundo cuando muera.

- Escúchame padre, cuando subas ahí y te preguntan quien eres, diles que eres un buen ciudadano marroquí, musulmán que siempre ha tomado vino, no lo niegues. No debes esconder tu pasado personal.

Su pasado personal es parte de mi infancia y mi nostalgia.

El tiempo sigue sin aclararse y el camino que debemos andar a pie, todavía es largo (no me acuerdo porqué una mujer gorda que pesa más de cien kilos, divorciada en ausencia debe suportar todo este calvario). Mi hijo dormido crecerá algún día y nunca se acordará de este momento; pero yo se lo contaré. Yo misma voy a componer las historias para restaurar los instantes mutilados que he pasado junto a este hombre que pronto me dejará, como lo hacía antes, sola con mis pensamientos en la entrada de la cantina rompiendo cáscaras…

 

 Traducción Abdellatif Zennan

 

 

                 

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Editor: Abdelkader Chaui 
Equipo de Argan cultural:
Gonzalo Fernández Parrilla, Malika Embarek López,  Ali Kacem, Mohamed Khaldi, Said Messari
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