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Mois Benarroch:
(En las puertas de Tánger[1]):

Abdelkader Chaui.

La recuperación absoluta de una identidad perdida

Comparto con mis dos colegas de la mesa, Esther y Mois, tres sentimientos y pasiones por lo menos: la pertenencia, la memoria y la escritura.

Hablo de pertenencia, somos los tres, por nacimiento, de una ciudad que en el recuerdo de cada uno de nosotros tiene, en cierta medida por lo menos, una carga emocional, un sentido social y una representación imaginaria o efectiva... aunque con una diferencia de edad muy variada y con una experiencia de vida, también diferente.

Por lo que sé, Esther es de los tres la menos dañada, sentimentalmente hablando, porque nació en esta ciudad en los años sesenta y tuvo que dejar el país con apenas cinco años. Mois transmite el sentimiento, un sentimiento literario para mí por lo menos, de ser el más arraigado en la memoria tetuaní herida, aunque, como se sabe, vive y trabaja en Jerusalén. Me considero, por ser el de mayor de edad, como un personaje extraño en relación con esta ciudad y, esencialmente, con su memoria recordada en la mente individual, porque me da siempre la sensación, de que aquella memoria evocada es sinónimo invariable de nostalgia. En este sentido, me siento, de alguna forma, más pasivo que Esther y menos que Mois para concluir esta comparación.

Pero quiero decir que, a pesar de eso, somos también de una generación que preserva, sumamente, unos recuerdos vivos, una escritura memorial y unas imágenes indelebles de lo que fue Tetuán en su historia como ciudad acogedora, y en la nuestra, en nuestra historia personal, como individuos “enraizados y unidos por el pasado. Me refiero, en realidad, a la memoria compartida que tenemos los tres, sin detenerme en justificar lo que significa

esa memoria para cada uno de nosotros. Sé que es una memoria afectada, tal vez rota en el sentido de ser tremendamente perturbada... y no faltan en ella acontecimientos nocivos. Para Esther, aparentemente, es una memoria derivada de unos sentimientos remotos de injusticia y de sufrimientos; para Mois, es más bien una memoria histórica amputada; para mí, aquella memoria no es más que una referencia a un espacio y a un pasado.

Queda entendido que aquella memoria es, por lo visto y lo escrito, el alma fundamental de nuestra escritura, independientemente de la lengua en que escribamos. Esther, en Déjalo, ya volveremos, hace el elogio de aquel errático fatal que hizo temblar la existencia de los judíos en Marruecos. Mois, En las puertas de Tánger, describe el “desarraigo” de aquella memoria de Marruecos que no deja de condicionar, muchas veces, las reacciones de quienes vivieron allí durante muchos años. Yo mismo, que en muchos de mis escritos expongo la idea de aquella memoria / identidad compartida, aludiendo al legado cultural común formado de raíces y matices, la considero una de las bases fundamentales de mi trabajo.

La novela de Mois Benarroch, En las puertas de Tánger, es, a mi parecer, un ejercicio lingüístico, imaginario y narrativo a la vez (de tipo testimonial), que aborda fabulosamente aquella memoria que acabo de mencionar.

Marruecos es un destino, un encuentro con su historia después de una dura ruptura, un llamamiento, una idea, la de recuperar una identidad rota, un testimonio demostrativo. Y lo que sigue es una búsqueda deliberada para comprobar una pertenencia histórica, una emoción apasionante y los recuerdos de unos años, que ya son remotos, donde se mezclan los acontecimientos y los sufrimientos.

Vale la pena precisar, por una parte, que aquella búsqueda va dirigida hacia un espacio que es el Marruecos de los años sesenta, donde la presencia de la comunidad judía formaba parte, sin dejar de ser auténticamente distinguida, del ambiente social marroquí, en especial en la sociedad tetuaní; y que esa misma búsqueda, por otra parte, se efectúa con el fin de cumplir una misión testimonial (la existencia de un hijo legítimo fruto de una relación del padre de Benzimra con una mujer musulmana).

Resulta, en definitiva, que la búsqueda, aunque guiada por la emoción palpitante de encontrar a un hermano, no conduce a ningún destino y no alcanza ningún objetivo. Lo que deja claro, en mi interpretación, la imposibilidad total de abrazar el deseo tan idealizado de establecer cualquiera relación con el país de origen. Puede ser que la búsqueda sea una ilusión y una alusión a la vez, porque la llegada a Marruecos, después de un periplo penoso, no produce el efecto deseado, sino todo al contrario: provoca la huída y alienta el rechazo.

Basta con saber que el testamento que desde el principio era el alivio de la búsqueda no se cumple, y la herencia queda estrictamente suspendida. “Soy el único que volvió a Tetuán hace unos años, y no creo que vuelva otra vez, no hay nada aquí, cuando vuelves lo único que ves es tu ausencia, ves que has desaparecido”, dice Isaque en la p.162.

No hay remedios ni consuelos, cualquier relación o entendimiento es un aborto. La memoria es un olvido, éste, meramente, es un consuelo... Y allí, justamente en aquella ciudad tan repugnante, Tetuán, (“Tetuán no existe, y nunca existió... cuando anda por Tetuán lo que siente más que todo es su ausencia de la ciudad”) (p.178) es donde Alberto se da cuenta del sionista que lleva dentro. Le sorprende el descubrimiento, es verdad, pero no le fastidia para nada, aunque se sabe que el sionismo, por definición, es una ideología nacionalista y colonialista.

Mi deseo de reconocer que esta lectura es una forma de interpretar lo leído y de juzgar lo comprendido, no afecta en nada a los sentimientos y a las pasiones que comparto, en principio, con mis colegas de esta mesa. Quiero decir que la escritura nos ofrece, casualmente quizás, una serie de consideraciones que tienen que ver, en general, con nuestra percepción y nuestra cultura, entendidas, en mi caso, como una mirada personal hacia el otro, la persona, y hacia el productor de símbolos y situaciones que es el escritor.

La novela de Mois, En las puertas de Tánger, tiene el mérito de reflejar, con su estilo dudoso e indeciso, el uso recurrente de unas representaciones lingüísticas que producen y reproducen alternativamente situaciones complejas, roles curiosos, diálogos extraños, un estado de conciencia respecto al tema de la identidad como señal de pertenencia y existencia del judío marroquí, convertido ya, ideológicamente, en un sionista.

Abdelkader Chaui.

 18 de febrero de 2008


[1]  Edición Destino, colección Ancora y Delfín Barcelona 2008, 211p.

 

 

 

 

 

 

 

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Editor:
Abdelkader Chaui 
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