|
PATIO
DE HONOR, una
experiencia
de plomo. Marruecos
y su determinación
en la memoria
individual. Abdelkader
Chaui Yo pertenezco, como se sabe en Marruecos por mi imagen y sobre todo por mi manera de ser y estar, a una generación de marroquíes que en el advenimiento de la independencia de Marruecos, en 1956, tenía apenas diez años. La independencia de Marruecos, a diferencia de la generación que actuó en el seno del movimiento nacional, no tuvo ninguna repercusión sobre nuestra conciencia individual y colectiva, inofensiva y tranquila como correspondía a nuestra poca edad. Pero sí nos vimos marcados, más tarde -sobre todo a partir del año 1965- por la lucha determinada que llevó a los partidos políticos marroquíes a oponerse al régimen autócrata que se estableció, después de un periodo relativamente breve, en el ámbito político. Como se sabe, fue una oposición relevante en la lucha por la democracia y la justicia social. El carácter más destacado de aquella época en
que nuestra conciencia sufrió una transformación radical en la concepción de
la entidad política y social, fue obviamente el deterioro del país en cuanto a
la situación económica y social de la población, y a su modo de vida. Era
evidente, para aquellos que observaban la evolución de Marruecos, que la
democracia tardaría mucho en llegar y que el derrumbamiento espantoso
de la situación era inevitable con las políticas seguidas en todos los
ámbitos de la sociedad. El poder monárquico presidido por el Rey Hassan II,
que gobernaba en aquellos tiempos contra toda legalidad democrática, en un
ambiente paradójico, sin dar cuenta de los continuos fracasos y en contra de
todas las aspiraciones articuladas, quedó prácticamente aislado, sin ningún
medio, por elemental que fuera, para volver la situación a su favor. Lo más
significativo, en este orden de cosas, es el golpe de estado abortado en 1971
que, de una forma u otra, ejerció una influencia definitiva sobre la visión
estratégica del gobierno de un país al borde del desastre, como era Marruecos
en aquellos años, bautizados en la literatura actual de la recuperación de la
memoria como “los años de plomo”. Esta generación mantuvo la posibilidad, debido a
su militancia y coraje, de crear un amplio espacio de lucha en el seno de la
sociedad, basándose en la reivindicación, la crítica permanente y el
llamamiento ardiente y ofensivo a la revolución. Mi pertenencia a la misma se
convertiría, con el tiempo y la madurez, en una pertenencia determinadamente
consciente a una tendencia política, que generaría en poco tiempo un
movimiento de gran envergadura, aunque fuera reprimido ferozmente, a partir de
1972, con el fin de impedir su capacidad de provocar y de ser lo que pretendía,
tanto en su discurso radical como en su practica revolucionaria: la revuelta
social contra un poder corrupto, autocrático y represivo. A partir de aquel momento, cualquier referencia a
un Marruecos de los años de plomo significa para mí, como para otros, una
alusión a una época de compleja dualidad, de militancia efervescente y represión
cruda, de movimiento combativo de gran interés en su contexto político y de un
cierto fracaso adivinado antes de que se plasmara en la realidad, concretamente
a partir de noviembre de 1974. Me estoy refiriendo a la represión que erradicó
a toda aquella generación de militantes antes de que llevaran al cabo la
revolución pretendida en su discurso profético. En aquel periodo tan difícil y turbulento, nuestra
generación, compuesta en su mayoría de gente muy activa y agitadora, sobre
todo en la universidad, se dio cuenta de que su ineluctable destino próximo era
la cárcel. Me refiero a mi experiencia personal: tuve que experimentar mi
propio destino y, así, fui detenido el día 13 de febrero de 1974 (hace ya
cuarenta años) en la ciudad de Casablanca. Mi novela Patio de honor se compone de dos
partes distintas y complementarias al mismo tiempo. La primera parte
(“Baranda”) -una estructura hipotética que refleja la imagen de un
Marruecos posiblemente transformado a través de los símbolos inculcados en la
memoria individual- relata una experiencia totalmente distinta a lo que, en la
segunda parte, es el itinerario de una banda de amigos (Amraui, Darwich, Rifi,
Sabir…) recién liberados de la cárcel donde han cumplido varios años de
condena por delito político. Ahora bien, es el narrador, que forma parte de
aquella banda de amigos, quien detiene el hilo de la narración, especialmente
cuando aborda, en primera persona, todas las situaciones relacionadas con el
mundo novelesco descrito. O sea, que el narrador es un actor dinámico y un
testigo atento a la vez. Baranda no es para él más que un refugio, y su búsqueda
de aquel refugio es un estado de alma y una respuesta posible a su temor de no
ser capaz, como los demás, de adaptarse a una nueva vida en total libertad de
movimientos y de pensamiento. ¿Lo es, realmente? La interpretación plausible, como yo mismo lo
entiendo después de la relectura, puede concretarse en el conflicto entre
libertad y opresión, que determina y condiciona todas las situaciones y, en
primer lugar, aquello que nos afectó antes, y ya salidos de la cárcel también. Claro está que nuestro paso por la cárcel,
costoso para muchos, nos influyó seriamente; fue una penosa experiencia, a
veces de tremendo horror, tanto que nos llevó a creer después que la libertad
tan deseada no era más que una ilusión o una alucinación. El estado de la
libertad se reduce aquí a una cruda experiencia penitenciaria. La única
defensa de la que disponíamos en aquellos tiempos de angustia y decepción era
el humor frente a la rabia. Y, para mí, también la escritura, como medio
incuestionable para traducir en términos apasionados todo tipo de emociones. Patio
de honor es mi cuarta novela, después de Kana wa akhawatouha en
1987, Dalia al Onfuan en 1989 y Babtaza en 1994 (después he
publicado otras dos novelas: Dalil al mada en 2003, y Man kala ana
en 2006). Cuando publiqué, a finales de los años noventa, Patio de honor,
la situación había cambiado radicalmente en relación con dos acontecimientos.
El primero, que había crecido el ritmo de la producción narrativa, ya desde
los años ochenta, en paralelo a un movimiento cultural intenso y muy activo que
se manifestó junto al movimiento social que reclamaba el establecimiento de la
democracia y la justicia social. El segundo tiene que ver con la temática, y
refleja, en cierto modo, el nivel cultural y la experiencia adquirida en el
dominio de la escritura literaria marroquí. Me refiero básicamente al tema del
sujeto. La novela marroquí se había convertido, en el espacio de sólo
veinte años, en el género preferido de la mayoría de los escritores en lengua
árabe, y en el más leído. Se puede decir, con seguridad, que la novela
marroquí superó una etapa en cuanto a su evolución genérica y quiso
desarrollarse como una forma de expresión totalmente nueva, reflejando así una
mirada distinta hacia el mundo. Queda entendido, de este modo, que cuando publiqué
mi novela, la fisonomía de la cultura marroquí había cambiado lo suficiente
como para que la forma novelística adquiriera una posición notable en la práctica
literaria habitual en Marruecos. Pero también que la novela marroquí, como la
cultura moderna, en sí misma no es más que un proyecto en vías de
transformación. Supongo, pues, que hay que hablar, en realidad, de
un género literario recién implantado en nuestra cultura, y no podemos
encontrar indicaciones o referencias relativas a su existencia más allá de los
años cuarenta del siglo pasado. El texto más famoso que refiere a una cierta génesis
de lo que sería posteriormente la novela, en su sentido más o menos contemporáneo,
fue publicado en Tetuán en 1942. Se trata de Zawia de Sidi Thami Wazani,
quien inició, en el marco de la sociedad tetuaní -bajo dominio español en
aquella época- un nuevo estilo narrativo, adaptado a una situación personal
perpleja, es decir, a su propia experiencia subjetiva, influido a los 16 años
por el sufismo, frente a las mutaciones que sufría aquella sociedad a todos los
niveles. En efecto, Zawia no era más que un texto
autobiográfico que relataba una experiencia individual, juvenil diría también,
focalizada sobre un sujeto de una cierta intimidad lírica. Pero el hecho de
haber publicado aquel texto tenía, en aquel tiempo, una importancia indudable,
sobre todo por su valor y contenido
literario, totalmente diferente de la sensibilidad literaria existente.
Tahami no sólo revindicó, en una sociedad
tradicional, su existencia exclusiva mediante la escritura literaria, sino que
contribuyó a forjar un genero literalmente inventado en los años cuarenta para
expresar su diferencia, lo que explica el interés que despertó aquel texto
después entre los críticos literarios marroquíes. Estoy refiriéndome, en
definitiva, a dos elementos esenciales ligados a nuestro sujeto. El primero, que
el texto de Sidi Thami se convertía en una referencia genérica en el dominio
narrativo como un texto literario nuevo, sin precedentes. El segundo elemento
reside en el texto mismo, como obra maestra en la historia literaria contemporánea
de nuestro país.
La
novela, en el contexto actual de la cultura marroquí, es un fenómeno lingüístico
de gran diversidad. Hay que apuntar, a partir de las publicadas durante cuatro décadas,
que la recepción de esta novela pertenece a tres registros: árabe, francés y,
por último, español. Es necesario adelantar aquí que, entre los elementos más
destacados que contribuyeron a establecer esta situación, se puede citar el fenómeno
colonial, factor determinante en la transformación de la realidad cultural y
lingüística en el Marruecos del siglo XX. La novela marroquí escrita en
lengua árabe ocupa, evidentemente,
una situación predominante, con casi quinientos textos publicados desde 1942,
seguida, con más de ciento veinte, de los publicados en lengua francesa, y de
otros tantos en lengua española.
Lo que conceptualmente entendemos por novela
marroquí supone una multitud de lenguas antagonistas, situación que refleja,
de una parte, la riqueza adquirida mediante las influencias mutuas, pero también,
de otra parte, la ambigüedad que se manifiesta en el dominio de la recepción,
es decir, en relación con un lector dado, y especialmente en relación con el
concepto de lo que es la
novela
marroquí en sí misma. Dado esto, aquella novela, a partir de una
definición metodológica, es árabe y puede ser francesa o española, o también
amazigue (berebere), como pude comprobar recientemente en la feria del
libro en Casablanca, aplicando el criterio lingüístico. La novela marroquí escrita en lengua árabe
presentó, en su proceso hacia la modernidad, más de una forma. Autobiografía,
como ya hemos señalado, bajo la influencia radical de la transformación
política y social en el país desde el establecimiento del protectorado en
1912, especialmente con la emergencia progresiva del individuo en el marco de la
sociedad moderna. Tenemos aquí, además del mencionado Zawia, otro texto
de primera calidad que fue más tarde traducido al español con el título de La
niñez. A comienzos de los sesenta del siglo pasado, con la aparición de la
novela de Abdelkrim Gallab Hemos enterrado el pasado (1965) -pero también
un poco antes con Abdelhadi Boutaleb (El Ministro de Granada, 1958) y
Abdelaziz Ben Abdellah (La Rubia del Rif, 1959)-, se inicia una
nueva etapa, con el nacimiento de una
sensibilidad
socio-histórica más o menos explícita, derivada de la visión política
proyectada por los partidarios de la nueva sociedad que nacía tras la
independencia de Marruecos. El
nuevo intelectual, inspirado por la cultura del movimiento nacional, tuvo que
afrontar, bajo el mando de un nuevo estado, nuevas contradicciones relacionadas
con la situación existente, propiciando toda una época de confrontaciones y
reivindicaciones que duró dos décadas. En los años setenta, Mohamad Zefzaf publica en
Beirut (Líbano) su primera novela (La mujer y la flor),
que relata una nueva experiencia individual frente al occidente, como noción y
entidad. Ya a finales de los sesenta (motivada por la influencia del
levantamiento del mundo árabe en relación con la cuestión Palestina y su
derrocamiento frente al estado de Israel), se manifiesta una nueva tendencia
caracterizada por el interés del intelectual marroquí por todo lo relacionado,
en suma, con el dominio político y la realidad social, y con su dimensión árabe
o internacional. Supongo que con Mohamad Zefzaf, pero también con Moubarak
Rabih, emergió una experiencia nueva en el contexto de la literatura marroquí,
una vocación
experimental en la narrativa, referida a la transformación efectuada
en la visión intelectual y la sensibilidad creativa. Ahora bien, la situación
actual de la novela marroquí, teniendo en cuenta su marcha irreversible hacia
una modernidad motivada por el cambio efectuado en el seno de la sociedad y la
cultura marroquíes, está inventando espacios de creatividad muy diversos y
prolíficos. No me cabe duda de que la novela marroquí escrita en lengua árabe
está enfrentándose a una nueva etapa en su trayectoria, una transformación en
todos los niveles (estilo, contenido, formas de narración y estructura). Lo más
obvio, sobre todo, en su situación actual, es su florecimiento en
el terreno de la publicación, con una abundancia relativamente importante
de títulos. De este modo, puedo hablar, para terminar, de un
fenómeno que merece atención. Me referiré a dos señales. La primera se manifiesta a través de la cantidad
de escritores marroquíes, que se elevan a más de sesenta entre 1942 y 2006.
Esta cifra merece un breve comentario, primero, que en los años sesenta sólo
siete de ellos ocupaban, con una o dos novelas editadas, el estatuto simbólico
pero también prestigioso de escritor novelista; segundo, que los demás se
manifestaron más tarde, formando parte de una nueva generación en el marco de
la élite intelectual, a partir de los años setenta. Podemos avanzar también
que, entre los sesenta y tantos novelistas marroquíes, sólo tres o cuatro
tuvieron la oportunidad de publicar siete u ocho novelas en el espacio de dos décadas. La segunda señal reside en otro fenómeno más
notable, relacionado con la publicación de novelas: a saber, que en el espacio
de ocho años, entre 1942 y 1950, fueron publicadas solamente dos; tres entre
1951 y 1957 y seis entre 1958 y 1963. La situación
cambiará
radicalmente entre 1971 y 1980, sólo en nueve años, en los que la producción
novelística se elevó a 26 textos, pero también entre 1981 y 1990, periodo que
marcó una notoria remontada, con setenta y cinco textos. Yo diría que es la época
más prolífica jamás conocida..
Mi ultima observación es relativa a la presencia
de la mujer en la producción novelística. Tan curioso como
comprensible es que podamos notar que la participación femenina refleja una
situación semejante a su situación social, marginal y marcada por defectos y
carencias. La primera novela femenina de Fátima Raui (Mañana cambiará la
tierra) fue publicada en 1967, y desde entonces no podemos contar,
desgraciadamente, más que con nueve o diez escritoras, en árabe o en francés.
|
|
|
|