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Un
cuento de Mohamed
Lahchiri Segundo día de exámenes de baccalauréat.
Sesión de julio del 2007. Esta clase, al igual que la de ayer, la componen
jovencitos y jovencitas entre los dieciocho y los veinte años. Son veintitrés,
hay dos ausentes. Sólo hay uno corpulento…, pero no parece mal alumno; está
totalmente volcado en el examen, dale que dale a la calculadora. Esta mañana
tienen matemáticas; de ocho a once. Y por la tarde, segunda lengua extranjera.
De momento no ponen problema alguno. Los problemas pueden saltar en los últimos
veinte-diez minutos. Los que al verse en los folios impolutos o casi, intentan
desesperadamente hacerse con el botín de borrador del compañero del pupitre de
al lado, para salvar los muebles. Con los chicos y las chicas de ayer tarde no
hubo el menor incidente. A uno, que tenía un botellín de Sidi Ali y no paraba
de echarse sorbos de agua al gaznate, luego pidió ir a los servicios, cosa que
no te gustó nada; le acompañaste a regañadientes y al volver le quitaste el
botellín; lo aceptó sin rechistar, lanzándote una sonrisa que parecía darte
la razón. Casi todos se quedaron hasta los últimos minutos y se despidieron de
ti y del segundo vigilante como buenos chicos.
Con
los folios de colores para borrador, no ha habido más remedio que tomar la
medida drástica de no permitir que el alumno tenga más de uno. ¿Quieres otro?
Dame el que tienes. Con tanto folio encima de cada pupitre –hoy son de color
azul- es imposible ponerle puertas al campo y sumamente sencillo pasarle al
compañero el material vertido en el borrador. La ocasión hace también al
tramposo. No
hace mucho cayó en tus manos un paquete de exámenes para corregir, en el que
descubriste que el borrador del único buen alumno del grupo había pasado de
pupitre a pupitre, dando la vuelta a toda la clase; ¡y casi casi casi todas las
respuestas de los alumnos eran una copia –a veces muy mala, mediocre en el
mejor de los casos- de las respuestas del generoso compañero! Un chico levanta
la cabeza y te mira como quien estaba sumergido en el fondo del agua y saca la
cabeza a la superficie; te pregunta mostrándote la muñeca de la mano izquierda
¿qué hora es?; tú le pones delante de los ojos tu muñeca izquierda con el
reloj y él lee la hora y te da las gracias sin abrir la boca.
Un
gesto muy simple para no decir la hora hablando y rasgando la calma de la sala.
Muy simple, pero que no se te ocurrió a ti. Te lo enseñó aquel profesor de
francés hace más de treinta y cinco años. *** Un
profesor con el que coincidiste en una clase, en un examen, en 1971. En junio o
en julio. Luego descubriste –te lo dijo él- que era descendiente de los españoles
a los que la guerra de 1936-1939 hizo saltar en pedazos.
Era
un examen para obtener un diploma, al final del tercer año del bachillerato, al
que se llamaba con su nombre francés, el brevet (el nombre árabe era largo:
chahadat addurus attanauiiah…), y que permitía en aquel entonces encontrar un
trabajo en Marruecos, sobre todo habiendo un enchufe por medio. Era la primera
vez que te encontrabas vigilando en un examen importante. *** Un
colega al que caías bien y que te había llevado con él en su coche a ligar
alguna vez –sólo recuerdas su apellido: Rochdi- te había dicho que por lo
menos dos de las chicas de la clase que vigilabas irían fácilmente con
vosotros en el coche a la Corniche o a donde quisierais (él había chachareado
e intercambiado sonrisitas y guiños con ellas) y tú entraste a la sala con
toda la intención del mundo de hacer la vista gorda, para que las chicas
saliesen muy contentas del examen y entrasen en vuestros planes… No
sólo estabas decidido a hacer la vista gorda, sino también a distraer al
segundo vigilante –cuando viste que era extranjero- para facilitar la tarea de
las tramposas, de quienes te decías ¡pero qué buenas están! cegado por
aquella encarnizada fuerza del deseo sexual, que ahora añoras. Pero te
encontraste con aquel profesor de francés que hizo que se te cayera la cara de
vergüenza (exactamente eso). *** Aquel
veinteañero que eras imitaba entonces todo lo que le gustaba o le impresionaba
de otras personas: gestos, como hablaban, exclamaciones, hasta frases enteras. Y
eras tan frágil, que siempre que estabas con un amiguete o un conocido y él
decía vamos a hacer esto y tú querías hacer otra cosa, cedías sin apenas
esfuerzos por su parte. Para
empezar, Rochdi tenía más años que tú, era más alto y más fuerte y las
profesoras y las alumnas del collége donde trabajabais se interesaban más por
él que por ti. Era guapo y los relatos de sus ligues te hincaban una profunda
envidia, que te hacía sentirte poca cosa y callarte cuando él hablaba. Y
cuando te dijo que no fueses gilipollas y que hicieses la vista gorda, que había
un par de chicas buenísimas que estaban en el bote, no dijiste ni pío. *** Antes
de que supieras que era hijo de republicanos españoles, intercambiasteis
menudencias en francés… -Je
suis professeur de francais. -Moi
je suis professeur d´arabe. Pensaste
que era uno más de los muchos franceses que eran aún los mandamases en los
institutos, por lo menos en los de Casablanca, y que cobraban muchísimo mejor
que los marroquíes (muchos, o por lo menos algunos, eran muy buenos
profesores). Luego te contó (no tardó en rondarte la sospecha de que lo hacía
a propósito) lo que le había pasado en un examen en el que tenía como compañero
de vigilancia a… -…un
marocain, subrayó… Un
profesor… Oh, mon Dieu. Con unos zalamelés sonrientes y asquerosos apuntando
hacia ti continuamente y tú viendo claramente a qué apuntaba… Intentaba por
todos los medios ayudar a los alumnos a chuletear. Pero si le pagan para que
vigile, no para que… Total, que las pasó canutas con el zalamelé. Y para
colmo, al día siguiente, el morito tuvo la muy poca vergüenza de no responder
a su educado “bonjour” y mirarle con maldad en la cara. Cómo es posible que
“algo” así sea un profesor, ¡qué pena, qué pena de país! Mientras
te hablaba del zalamelé, captaste un menosprecio que no olvidas y que te afectó
profundamente y te fue gusaneando en los días sucesivos… hasta arrancarte de
las entretelas aquel juramento. *** Ese
era tu primer año como profesor. Tenías veinte años. Un crío, piensas ahora.
Él unos diez más que tú. Al descubrir que eras del Norte y que habías hecho
tus estudios en español (y en árabe) en Ceuta y en Tetuán, hasta el baccalauréat
de 1968 y que lo hablabas con comodidad, te dedicó una ancha sonrisa y se puso
a comprobar qué tal estaba su castellanear. Hablaba la lengua materna como
muchos descendientes de españoles en Casablanca, supervivientes de los
desastres de la Guerra Civil , quienes, con su situación de exiliados o
emigrantes y quizá su complejo de inferioridad frente a los franceses -ese
mismo complejo que piensas que ahora corroe a los marroquíes y que les clava un
profundo desprecio por su árabe hablado-, no sólo aparcaron su lengua en favor
del francés, sino que se llamaban –o llamaban a sus recién nacidos-
Jean-Francois, Jean-Michel, etc. *** Una
chica rellenita con el escote latente mostrando la rajita suficiente para que
sea el blanco irresistible de tus miradas de vigilante. Y en el rostro veinteañero
–quizá con unas cimas de belleza que nunca alcanzó ni alcanzará nunca- la
sombra de una sonrisa cuyo volumen sube o baja según el volumen de tus miradas. La
chica grandullona de siempre, que sabe que tira más que dos carretas y que por
ser tonta o porque qué horror supone estudiar, pretende seguir tirando de curso
en curso apuntando con el escote y la sonrisa a la vista gorda de su profesor o
del vigilante de turno. *** De
lo que te dijo el profesor de francés sobre la Guerra Civil española, sólo
recuerdas que, al final de la II Guerra Mundial, los republicanos creían que
los aliados iban a entrar en España para darle una patada en el culo al
dictador y restablecer la democracia. Lo recuerdas porque era la primera vez que
oías algo así. Y seguramente lo escuchabas como un buen alumno que escucha a
su profesor más querido, ávido de aprender cosas.
Ya
a mediados del tiempo de duración del examen, las chicas a las que se refería
tu colega del coche, que ya leían en tus miradas que te tenían en el bote,
pusieron en marcha sus intentos de recurrir a las chuletas…
Entonces
surgió la figura intransigente del profesor de francés descendiente de
republicanos españoles. Pas question! Sofocó sin contemplaciones todo intento
de tramposear. Era como si estuviese en una trinchera, dispuesto a dar la vida
por el Gobierno legítimo de España. Tú te limitaste a mirarlo y a intentar
ponerte serio, sintiéndote al principio como un crío que teme un castigo –no
estabas aún lejos del crío que habías sido-.
Recuerdas
casi textualmente lo que les decía a las que protestaban, arguyendo que en
otras aulas dejaban copiar. En perfecto francés, como masticando las palabras,
¡hago mi trabajo! ¡Sólo hago el trabajo por el que me pagan! Sus
amenazas con expulsar a cualquiera que fuera sorprendida copiando surtieron
efecto, y la calma –grávida de tormenta- reinó en la contienda hasta el
pitido final. *** Has
logrado imponer un orden que todos acatan. Con cariño pero con firmeza, como en
tus clases normales. No te resulta difícil, porque –al contrario que en otros
años en los que tuviste problemas y crispación- parece que la inmensa mayoría
son alumnos que vienen con el morral bastante lleno y están muy ocupados en
poner toda la carne en los folios. *** Pero
tú no saliste de aquel examen de brevet con las manos vacías. Conociste a una
chica que se llamaba Amina al-Qarua. Eran años en los que estabas sediento de
vivir una historia de amor como algunas que habías visto en el cine. Todavía
no habías salido de la cáscara de la adolescencia y fuiste presa fácil de las
miradas y sonrisas de aquella alumna morena, bajita y gordita, que sería tu
novia por poco tiempo. Una aventurita que recuerdas bien porque la chica se te
desmayó en los brazos cuando os besabais en la boca, en el banco de un parque
cercano al bulevar Mulay Yussuf. Rochdi
se burló de ti al ver que te tomabas en serio tu relación con Amina. Para él,
este tipo de chicas llévatelas a la cueva, tíratelas y adiós muy buenas.
Pronto
la chica te preguntó que cuándo ibas a ir a su casa, a pedir su mano y pronto
se pusieron marcha atrás tus ganas de seguir en la historia. A ella parecía
que le daba igual. Casi te puso un puente de plata… *** En
el impreso que los profesores vigilantes suelen rellenar y firmar –número de
sala, asignatura, examen de, fecha, etc.-, en la casilla con los nombres y las
firmas ponía 1) y 2) y el profesor de francés siempre ponía su nombre y su
firma en segundo lugar, dejándote a ti el primero, por educación; cosa que te
sorprendió y te impresionó y que tú has imitado durante los 35 años que te
separan de aquello. *** Después
sentiste una vergüenza demoledora por aquella intención tuya de distraerle y
permitir que las copionas se saliesen con la suya; una vergüenza que sigue
vivita y coleando en tu recuerdo. Estuviste al borde de perder esa honestidad
innata con la que –dicen- nos vamos encontrando conforme crecemos. Iba a
pasarte lo que a las prostitutas o los corruptos: en cuanto lo haces la primera
vez, dos veces, tres, te acostumbras y luego ya todo va sobre las ruedas de la
normalidad. Saltó
aquel juramento que no olvidas: Dijiste –juraste- que jamás de los jamases
permitirías que te salpicara la ruindad de los moros zalamelés ni harías la
vista gorda en un examen. Y vaya si respetaste tu juramento: en algunos
momentos, en estos más de 35 años, ponías tanto ahínco en la vigilancia –a
veces te dabas cuenta de que rayabas lo maniático- que a los examinados y a los
colegas se les hinchaba la mirada de sorpresa. Y fuiste protagonista en algún
que otro incidente. A veces recibías apoyo de colegas, un apoyo que te
reconfortaba; otras, otros te hacían sentirte como un bicho raro raro o como
alguien en cueros, con una mano intentando taparse los cacharritos y otra
intentando taparse el culo. *** El
último de los incidentes fue hace poco, en ese examen que impuso el Ministerio
de Educación a los profesores para que pudiesen pasar al escalafón once. Por
ser el instituto donde trabajas de cierta buena reputación o quizá sólo por
estar cerca de la Delegación del Ministerio, lo eligieron como centro del
examen. Tú recibiste la convocatoria para vigilar, con el día (mañana o
tarde), de tal hora a tal hora, número de sala,… Y el día que te tocaba, te
encontrabas plantado ante más de veinte profesores y profesoras, pidiendo a
Dios que reinase la normalidad y no saltase incidente alguno. Pero a los pocos
minutos del arranque del examen, sonó un móvil y te apresuraste a pedirle al
mequetrefe que lo tenía delante, en un tono de claro reproche, que lo apagase,
¡por favor! Luego cogiste el artilugio y lo pusiste encima de la mesa de los
vigilantes. Algo después, viste a dos que se hablaban como si estuviesen en una
cafetería, ¡caballeros, que estamos en un examen! Ya recibías miradas desde
caras de pocos amigos. Y el colmo se desbordó cuando cogiste a uno con un libro
abierto de par en par sobre el regazo, ¡de sinvergüenza empedernido! Lo increíble
eran las miradas clavadas en ti, ¿pero qué le pasa a éste?, como si el
sinvergüenza fueras tú y no ellos. Se lo quitaste muy muy escandalizado y
pediste que llamaran al director de tu instituto, quien, después de oírte, te
dijo ven, ven y en el pasillo vamos a ponerte en otra sala, porque aquí vas a
tener problemas… Saliste de ahí seguido de veintitrés ojazos burlones y
contentos, que consideraban que te ibas con el culo al aire, y tu director
intentando hacerte creer que cambiarte de sala era lo mejor para todos, porque
había gente interesada en que fracasase este examen (que era la primera vez que
se hacía, antes se pasaba al escalafón once por antigüedad). No es bueno que
haya problemas en nuestro instituto.
En
la nueva sala tuviste menos problemas, pero al final de los exámenes te
enteraste de que la mayoría de los vigilantes habían mirado para otro lado,
con la condescendencia del director y compañía, cuya actitud e idas y venidas
y prisas, era de gente que hacía estrictamente lo que debía. *** Olvidaste
el rostro, el nombre, pero nunca la seriedad, la autoridad, la actitud de aquel
republicano español, con pasaporte francés, del que heredaste un ramillete de
cosas menudas, entre las que recuerdas también la veneración por Antonio
Machado y Miguel Hernández, cuyas vidas y obras te recomendó que estudiases,
cuando le dijiste que leías como un condenado. Una veneración que latirá en
ti mientras el cuerpo aguante, sobre todo por Don Antonio, que está plantado en
tu vida como un profeta en la vida de un creyente, a la misma altura de tus
al-Mutanabbi y Mahfúz o de aquel mujik venerable al que llamas León el
Terrible y al que todo el mundo llama León Tolstoi. |
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